jueves, 17 de noviembre de 2022

 La última miliciana socialista viva


LOS 104 AÑOS DE ÁNGELES FLÓREZ PEÓN (Maricuela): 

UN LARGO Y ESPERANZADO VIAJE


 Por PEDRO ALBERTO MARCOS



 

“La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte” (Vaclav Havel, dramaturgo, escritor y político checo)

 

 

LAS PREGUNTAS

 

¿Qué ocurre cuando el silencio forzado explota? ¿Tal vez esa liberación deviene en una suerte de venganza y de rabia largamente contenida? ¿o simplemente deja fluir sentimientos tan profundos que actúan como gritos que sin ocultar el dolor apelan sobre todo a la justicia y la razón? 

 

LOS ORÍGENES

 

Ángeles Flórez Peón, Maricuela, (Blimea, 17 de noviembre de 1918), cumple hoy 104 años y mantiene su engañosa figura frágil de siempre, ojos de agua vivaces y una sonrisa cómplice. Cuando una vez más hace recuento de su vida lo primero que cita fue aquel momento de 1934 cuando ella tenía apenas 15 años y los fascistas asesinaron a su hermano Antonio. Llegarían luego otros muchos tránsitos en su experiencia vital, sobremanera el vivido en el año 2003 cuando acompañando a las cenizas de su marido, Graciano Rozada, Chano, regresó a España tras un exilio de 67 años en Francia. 

Fue aquel un largo tiempo repleto de silencios que solo conseguía vencer en la soledad de una habitación y en el lento teclear de la máquina de escribir que le habían regalado sus hijos, María Ángeles y José Antonio. Necesitaba contar lo ocurrido, tantos años oculto y asediado por el tiempo, y aquel diario, página tras página, recuerdo tras recuerdo, fue su salvación, aunque confiesa que nunca creyó que acabaría convirtiéndose en uno de los libros de memorias más leídos en la Asturias democrática del siglo XXI [1]

 -Para mí fue toda una sorpresa el interés de la gente por conocer una historia que no considero ni importante ni extraordinaria. Si hay algo de especial es la suerte que tuve de seguir viva. Lo más lógico es que hubiese muerto como otras compañeras milicianas, pero afortunadamente pude contarlo para que se conociese lo que ocurrió entonces en la guerra y en la cárcel. En realidad, en ese libro no hablo por mí, sino por ellas, por todas las mujeres que no sobrevivieron al fascismo golpista y murieron en el frente llevando comida a los soldados o cuando las sacaban de las cárceles para fusilarlas simplemente porque eran republicanas. Tengo muy grabadas en la memoria esas escenas tan terribles. Los hombres lucharon, fueron valientes y se les reconoció, de acuerdo, pero las historias de muchas mujeres quedaron ocultas y eso es injusto, muy injusto. Además ¿qué somos sin memoria? -y ella misma se responde-. Nada, sin memoria no somos nada. 

 

Le pido a Ángeles que hable de su infancia, de la niña que fue o que no pudo ser. Y suspira quedamente pero no vuelve la mirada. Es en esos momentos cuando se intuye la fortaleza interna, también el hábito de la contención frente a las incertidumbres interiores a las que como a tantas otras personas de su generación se vio forzada por las circunstancias. La juventud rota, desalmada por los acontecimientos que dejaron en el olvido las ganas de divertirse, de ir al baile, pasear con las amigas, o mismamente actuar en una obra de teatro titulada “¡Arriba los pobres del mundo!”, en la que interpretaba el papel de una chica llamada Maricuela. 

-Para mí hablar de aquellos años es hablar del hambre y el miedo, es decir, de la miseria. Los mineros asturianos eran entonces como esclavos, salían del trabajo y no tenían ni duchas y debían esperar a lavarse en sus casas. Trabajaban en las peores condiciones todas las horas que quería el patrón, casi como esclavos, y resultaba muy difícil mantener una familia porque los salarios eran muy bajos. A veces contaban con la ayuda de una pequeña huerta en la que sembraban patatas y verduras, pero todo era insuficiente y muchos niños pequeños ni podían ir a la escuela. Luego estaban los curas, que solo sabían hablar del infierno, del pecado y esas cosas. En realidad, quienes éramos pobres, y lo éramos la gran mayoría, no tuvimos niñez.


LA REPÚBLICA

 

Pobreza, miseria, un movimiento obrero repleto de parias de la tierra que trataba de organizarse, de hacer frente a la explotación de la clase trabajadora, de la famélica legión… ¿acaso no había ninguna esperanza? 

-Con 12 años a cuestas yo no sabía entonces qué era la República, pero el día de su proclamación mi madre me cogió de la mano y nos unimos a la manifestación que subía desde El Entrego hacia Sotrondio. Todo el mundo estaba alegre y gritaban ¡Viva la República!, y fue entonces cuando comprendí que algo importante estaba pasando, aunque no llegué a darme cuenta del todo hasta que en 1934 estalló la Revolución de Octubre. Ya sabes, fue entonces cuando asesinaron a mi hermano Antonio, al que yo adoraba. Cuando fracasó la revolución el general López Ochoa le aseguró a Belarmino Tomás que no habría represalias, pero mintió. Mi hermano fue uno de los mártires en la fosa de Carbayín, donde todos fueron asesinados brutalmente, y ese dolor nunca pude superarlo.

 

Frente a la injusticia, resistencia; frente al poder casi omnímodo de los poderosos, la organización de la clase obrera. La politización era creciente entonces.

-En nuestra casa se hablaba mucho de política. Mi padre, José, que era madrileño y había conocido a Pablo Iglesias, militaba en el PSOE y en la UGT; mi madre, Restituta, trabajaba de comadrona y siempre la admiré por su carácter libre e independiente, incluso había escrito un libro en contra de la guerra mundial que no llegó a publicarse. Tenía también ideas socialistas, pero no militaba en el partido. Mi hermano Antonio se hizo comunista en Bélgica; y luego estaba mi hermana Aurora que profesaba con fervor el catolicismo. Éramos por tanto una familia muy plural, muy democrática.

 

Tras los primeros años de la república y en pleno ascenso del fascismo en buena parte de Europa, el nacional-catolicismo español reacciona, llegará el bienio negro con Lerroux bajo la alargada sombra de Gil Robles y como corolario unas elecciones generales que ganará el Frente Popular.

-El triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 nos dio muchos ánimos pues significó, entre otras cosas, que todos los que aún estaban presos por haber participado en la Revolución del 34 saldrían de la cárcel, y también que los familiares de quienes habían sido asesinados en Carbayín podíamos entrar en el cementerio libremente y sin problemas, pues hasta entonces estaba prohibido. Yo ya me sentía entonces socialista y creamos la agrupación de las Juventudes Socialistas Unificadas, la JSU. Crear conciencia de izquierdas implicaba muchas cosas, por ejemplo, hacer una obra de teatro, pero cuando íbamos a estrenarla en Pola de Siero el 18 de julio de 1936 los militares fascistas se sublevaron contra la República y como no consiguieron su objetivo aquel fracaso desencadenó una guerra terrible. Siempre recuerdo las palabras que solía decir mi madre poco después de que el Frente Popular ganara las elecciones; “Creo que se está preparando una guerra. Esta gente no se resigna a que gobierne la izquierda”. Tenía toda la razón. El caso es que pidieron voluntarios para ir al frente porque la República estaba en peligro y había que defenderla, y nos apuntamos tres hermanos, Secundino, Argentina y yo. A las mujeres nos destinaron al principio a asegurar la comida a los que estaban en el frente y muchas veces teníamos que llevar las potas arrastrándonos por el suelo para evitar que te pegasen un tiro. Todo aquello era muy triste… y hasta había quien utilizaba la guerra para venganzas personales, algo que me indignaba. Cuando por fin se formaron los batallones republicanos nos militarizaron y yo pasé a formar parte del que llevaba el nombre de “Los mártires de Carbayín”. Era ya una guerra con todas las consecuencias, heridos, muertos, desaparecidos… Al principio había mucha ilusión porque creíamos que las democracias europeas iban a ponerse del lado de la República, pero con el tiempo llegó la desilusión: estábamos solos pero había que seguir luchando. Poco después nos enviaron de enfermeras a Gijón pero ya para entonces las cosas iban muy mal. En octubre del 37 cae el frente republicano de Asturias, nos detienen a mi hermana y a mí y acabamos en la cárcel modelo de Oviedo. A mi otro hermano también lo detuvieron llevándole a un campo de concentración que había en Candas.

                                  Dibujo de Maricuela realizado por Alfonso Zapico

LA DERROTA


La derrota de la República provocó juicios sumarísimos, condenas a muerte, años de cárcel, libertades condicionadas, pérdidas de trabajo y posesiones, y exilios. Han pasado muchos años desde entonces, pero aún hoy pueden rastrearse sin dificultad acontecimientos que marcaron de forma indeleble las vidas de millones de personas. 

 

-Aquellos juicios eran una farsa de principio a fin. No teníamos a nadie que nos defendiera, los testigos eran falsos y a conveniencia de los fascistas, y se inventaban historias para condenarte. De mi dijeron que había matado a un soldado… ¿Yo? ¡qué tontería! Pero les daba igual, el caso era acabar con todos nosotros, a unos les daban el paseo de madrugada para asesinarlos en una cuneta y dejarle allí abandonados y a otros nos mandaban a prisión. Me condenaron y acabé en la cárcel de Saturrarán, en el país vasco. Fue una experiencia traumática, pero salí viva. Cuando me dejaron en libertad creí que iba a poder recuperar mi vida anterior, mis ansias por ser feliz, pero las cosas no fueron tan sencillas. Regresé a la cuenca minera, a El Entrego, trabajé en un bar y en una farmacia, tuve un novio con el que me casé y fui feliz, Chano, pero seguíamos siendo rojos y nuestra libertad era provisional, siempre bajo sospecha. Yo tenía que presentarme una vez al mes ante el juez pero cuando tuve a mi primer hija no lo hice así que no tardaron en enviarme a casa a la Guardia Civil. El juez me dejó muy claro que podían volver a enviarme a la cárcel en cualquier momento, que pese a haber cumplido la condena no era una persona libre y que posiblemente no lo sería nunca mientras Franco continuase mandando en España.


EL EXILIO


La cultura de resistencia al franquismo tenía dos rostros: el del interior y el del exilio. Ángeles perteneció durante 55 años al segundo tras huir de Asturias en 1948 ante la evidencia de que podía terminar en una fosa, en una cuneta o en un pozo como otros muchos socialistas. 

-A los rojos nos persiguieron porque sabían que no íbamos a renunciar a nuestras ideas. Mi marido tuvo que huir por su relación con los fugaos, con Mata, Flórez y los demás, y yo acabaría haciendo lo mismo. Él se fue huyendo de los tiros de los falangistas y a mí fue a buscarme a casa la Guardia Civil. Solo tenían un objetivo: acabar con los republicanos que habían quedado vivos pero aislados en Asturias después de la guerra y perseguir también a sus familiares amenazándoles y pegándoles palizas. Mi fuga a Francia no fue fácil, sobre todo porque no estaba dispuesta a irme sin mi hija María Ángeles. Ahora, cuando leo las noticias de los miles de inmigrantes africanos que llegan a Europa en pateras, clandestinamente, sin más ayuda que la suerte, recuerdo aquel viaje huyendo desde El Entrego hasta San Juan de Luz, ya en Francia. El Partido Socialista tenía contactos y enlaces en la frontera y a mí me pasó un pescador del pueblo de Pasajes que utilizaba su barca para pasear a los turistas. Me dijo que solo podía llevar un bolso de mano y a la niña por si nos detenían simular que éramos turistas. Lo que hice fue ponerme tres vestidos, un abrigo y unos zapatos de tacón, era el Jueves Santo de 1948 y hacía mucho calor. El pescador nos dijo que teníamos que ir acostadas en el fondo de la barca y tapadas con un hule. Pasé un miedo horrible. Pero seguí teniendo suerte, conseguí pasar a Francia y reunirme con mi marido.

 

EL REGRESO


Todo exiliado anhela un regreso que a veces se hace imposible. En el país de acogida van creándose poco a poco nuevos lazos y nuevas emociones, cierto, pero también lo es que en muchas ocasiones la esperanza de volver permanece intacta. La esperanza, ese camino en el que se entrecruzan sentimientos encontrados y llegado el caso pequeños éxitos que alientan el vivir resistiendo, sin renunciar a las utopías, haciendo camino al andar. 

El regreso de Ángeles a Asturias en el año 2003, tras fallecer su marido, no fue un simple arranque emocional, un imprevisto, sino la plena consciencia de que recuperaba así parte del pasado que le habían robado los fascistas. Tenía entonces 85 años y la firme voluntad de volver a sentirse partícipe de un proceso social en el que, al igual que en el pasado, las ideas políticas de la izquierda necesitaban del concurso de todos quienes pertenecían a la clase obrera, al mundo de los trabajadores, a los marginados, a los desprotegidos. Se instaló en Gijón y su presencia se hizo frecuente a partir de entonces en la Casa del Pueblo y en multitud de actos en los que se reivindicaban las ideas socialistas; regresó a Carbayín para decirles a los partidos políticos y sindicatos que la unidad de la izquierda no podía ser solo con palabras sino también con hechos, y que por tanto los homenajes a quienes habían sido asesinados en el 34 debían realizarse conjuntamente y no por separado: lo consiguió; la Fundación José Barreiro publicó sus memorias y el libro la permitió recorrer buena parte de Asturias dando charlas y participando en coloquios; hizo defensa pública del compromiso de los jóvenes y las Juventudes Socialistas de Asturias la nombraron presidenta de Honor; en institutos y universidades de Asturias, Madrid, Cataluña, Turquía y Japón conocieron cuál había sido su larga lucha contra las injusticias y en defensa de la dignidad; periódicos y emisoras de radio y televisión recogían sus palabras en las que resonaba siempre un mismo mensaje: hay que luchar, luchar y luchar.

-¿Cómo me encuentro a mi edad? Pues bien, superé dos caídas en la calle, una operación de cadera, y ahora para caminar necesito un taca-taca pero no tengo ninguna enfermedad, es más, cuando voy al médico siempre se sorprenden que con más de cien años, ¡104 ya!, no necesite ningún medicamento especial. Estoy convencida de que son las ideas socialistas las que me mantienen viva y activa, pero sobre todo está ese recuerdo imborrable y mi compromiso con las mujeres que fueron torturadas, asesinadas sin juicio y borradas de la historia durante la guerra de España y la posterior dictadura franquista. Quise ser su voz y creo haberlo conseguido. ¡Ah! Y nunca, nunca perdí la esperanza.

   


    Intervención de Ángeles ante más de 15.000 pensionistas en abril de 2018 durante la manifestación convocada en Gijón por los sindicatos UGT y CCOO


 



[1] Las dos primeras ediciones de la autobiografía “Memorias de Ángeles Flórez Peón, Maricuela”, las publicó la Fundación José Barreiro en los años 2009 y 2010. La tercera, asumida ya la edición por la propia autora, en el año 2017. 

viernes, 21 de octubre de 2022



En memoria de Manuel Vázquez Montalbán y su "Diccionario del franquismo"

CUANDO ESTAMOS PERDIDOS

Y, ADEMÁS, RODEADOS



Por PEDRO ALBERTO MARCOS

Recientemente Maruja Torres nos puso sobre aviso en su cuenta de twiter: se han cumplido ya 19 años de la desaparición de Manuel Vázquez Montalbán, periodista, poeta, ensayista, escritor, columnista, gastrónomo y político antifranquista crecido en el comunismo de resistencia, todas claras muestras de sus enormes potencialidades creativas mostradas durante su corta vida de 64 años. Les resumo el breve y sentido relato de Maruja en la red social:

“La mañana que supimos que Manuel Vázquez Montalbán había muerto: era temprano, yo salía de la ducha, sonó el teléfono, era mi medio hermana, creo que grité cuando me dio la noticia. Casi inmediatamente sonó el telefonillo, era Xavier Vidal-Folch, que vivía cerca. No pude abrir la puerta desde arriba, bajé en albornoz, descalza, los pies mojados. No sabía a dónde acudir, dijo él. De lo que siguió (aquel absurdo de que su cuerpo estuviera volando con los pájaros desde Bangkok) sólo recuerdo una nebulosa. Es la forma de la pena y, también, la del desamparo. Con Manolo muerto, quienes habíamos crecido bajo su generoso ramaje intelectual y moral sabíamos que nos habíamos quedado sin su brújula. Desprovistos, de súbito. Lo sabían también sus adoloridos lectores. Por eso hoy, Manolo, 19 años después, te lo digo todo con una frase tuya: Estamos perdidos y, además, rodeados”.

El quejío de Maruja Torres nos recordaba así la abrupta noticia llegada desde los Mares del Sur aquel 18 de octubre de 2003, situando el deceso en el aeropuerto de Bangkok donde Montalbán estaba a la espera de embarcar hacia España tras impartir una conferencia en Sydney, punto final de un apretado recorrido por algunas universidades de Australia y Nueva Zelanda. Según la policía tailandesa, un fulminante infarto de miocardio acabó con su vida. Los periódicos recordaron entonces que había sido operado del corazón nueve años antes implantándole cuatro bypass.

Ajeno a este triste aniversario, el pasado mes de agosto cayó en mis manos un librito titulado Diccionario del franquismo, editado por Dopesa en el año 1977 y del que Vázquez Montalbán era autor (1).

Era aquel un tiempo en el que aún se iniciaba en España el agitado (y ahora discutido) camino hacia la democracia y la figura del dictador, Francisco Franco, fallecido poco más de un año antes, era tratada aún con exquisito cuidado en muchos ámbitos de una sociedad mediatizada por el miedo al pasado y las dudas de un futuro incierto. De ahí el valor de un texto que intentaba desmenuzar la radiografía de la dictadura y las sombras de sus protagonistas proyectadas sobre una transición compleja y difícil, que exigía además una apresurada puesta al día de nombres y conceptos hasta entonces solo susurrados bajo la clandestinidad más estricta o desde el cuarto trastero de lo políticamente correcto, cuando no olímpicamente ignorados. 

Títulos como ¿Qué es la democracia? o ¿Qué es el socialismo? estaban también entre aquellas publicaciones que actuaban como manuales de urgencia frente a la inveterada obsesión del régimen por impedir cualquier atisbo de racionalidad y participación política. En última instancia, el manoseado “haga usted como yo, fulano de tal, y no se meta en política”, que Franco había recomendado a uno de sus fieles, al parecer inquieto ante las inevitables luchas intestinas en la cúspide del régimen, era algo más que un consejo hipócrita por parte del generalito que actuaba despóticamente desde el palacio de El Pardo.

Entre esos libros de pocas páginas y lectura rápida estaba el mentado Diccionario del franquismo, con mucho el más interesante, ya que Montalbán desplegaba en él un profundo conocimiento de la dictadura y de los nombres que eran su imagen pública habitualmente jaleados por el “NO-DO” en las salas de cine y sobre todo en los telediarios de blanco y negro.  

Periodista curtido en mil batallas, Vázquez Montalbán mostraba en el diccionario los entresijos del poder controlado por Franco, aportando no solo información sino también buenas dosis de socarronería, no exenta de acidez y humor negro, ya experimentados junto a otros rojos de postín en las redacciones de las revistas “Hermano Lobo” y “Triunfo”, en este último caso bajo el manto protector de Eduardo Haro Tecglen.

LOS ASTURIANOS DEL DICCIONARIO FRANQUISTA:

LA COLLARES, ALONSO VEGA, DOÑA RAMONA 

Y FELIPE POLO

En las 95 páginas del libro aparecen un reducido grupo de asturianos que por unas u otras razones jugaron un relevante papel al lado de Franco.

El primero es Camilo Alonso Vega (1889-1971), amigo personal del dictador y africanista como él. Durante la guerra la actuación de la tropa bajo su mando fue decisiva en la batalla de Brunete (Madrid). Fue ministro de la Gobernación en 1957, aunque su carrera se desarrolló sobre todo dentro de la Guardia Civil, cuerpo del que fue director general y al que convirtió en una importante máquina represiva frente a los guerrilleros y a los militantes clandestinos que seguían defendiendo la legalidad republicana. 

Prueba de la importancia de Camilo Alonso Vega entre quienes gozaban de la total confianza del dictador es la referencia que hace Montalbán a su papel dentro de la ideología franquista: “… en aquel edificio artificial, pragmático y dúctil que empezó a construirle Serrano Suñer durante la guerra y que luego continuó consolidando el propio Franco, sus colaboradores más próximos fueron Carrero Blanco, Blas González y Alonso Vega”.

Hombre temperamental, muy a la usanza fascista, su esposa, conocida en Asturias como doña Ramona, formaba parte del grupo de acompañantes habituales de Carmen Polo, la esposa de Franco. Durante su etapa de ministro tuvo como colaboradores a otros dos fascistas notables, Antonio Carro y Carlos Arias Navarro.


                                   Camilo Alonso Vega, con uniforme de gala

Otro personaje asturiano relevante citado por Vázquez Montalbánes es Felipe Polo, durante muchos años el secretario particular de Franco, pero del que apenas si existe documentación gráfica. Felipe era hermano de Carmen Polo, la esposa del dictador. 

Precisamente a Carmen Polo, también conocida popularmente por la collares, dada su afición por llevarse las joyas de las tiendas ovetenses sin pagar, le dedica Montalbán especial atención:

“Polo de Franco (Carmen), nacida en el año 1900. Esposa de Francisco Franco Bahamonde. Hija de una acaudalada familia asturiana de tradición liberal, tuvo que vencer alguna resistencia familiar para mantener relaciones con el tenientín Franco. La rápida y brillante carrera militar africana del pretendiente facilitaron las cosas y el matrimonio se celebró con el padrinaje delegado del mismísimo rey Alfonso XIII. Desde 1939 a 1975, doña Carmen Polo de Franco se convirtió en la primera dama del Estado español, cumpliendo el papel con una total discreción política, según correspondía a la imagen oficial de la mujer española instituida por el franquismo: ama de casa, madre virtuosa, comprensiva compañera del hombre en el duro quehacer cotidiano. Su largo aunque interino paso por el gran mundo, culminó con la boda de su nieta María del Carmen Martínez Bordiu con un príncipe auténtico de la casa de Borbón: don Alfonso de Borbón y Dampierre”.

Carmen Polo lideró por otra parte la llamada “camarilla asturiana de El Pardo”, de la que formaban parte todos los ya citados: su hermano Felipe,  Camilo Alonso Vega y doña Ramona.

       El dictador y su esposa Carmen Polo, conocida como "La collares"

DEL FANATISMO FALANGISTA 

AL PAPEL DE ESTRAZA, 

PASANDO POR EL COLABORACIONISMO SILENTE

¿Qué sentido tiene fijar hoy la mirada en este Diccionario del franquismo escrito hace 46 años? En mi opinión mucho y muy potente, porque recuerda dónde están los orígenes de una extrema derecha ahora emergente y quiénes fueron sus parientes y beneficiarios en el aquelarre de una dictadura estúpida, miserable y cruel; también porque el color raído de la portada de este libro, esa cercanía táctil al inolvidable papel de estraza, sus imágenes que remiten a la fotografía oficial del régimen en los años 40, 50 y 60 del pasado siglo XX, y sobre todo su texto directo y descarnado, ayudan a transitar por el viaje ético y estético de un pasado que muchos siguen queriendo ocultar, no solo para sepultarlo en el olvido sino también para negar que en España hubo un largo tiempo de silencio en el que aquel mirar despectivo y chulesco de los afectos al régimen hacia quienes se situaban frente a la dictadura, contó con la militancia fanática del falangismo “de la primera hora” y con el colaboracionismo silente de muchas personas. Era la cultura política de “los buenos” y “los malos”, algo que aún hoy sigue latente en un sector de esa España que sigue negando el pasado antidemocrático que propició un fallido golpe de estado contra la República en 1936, como si la batalla del Ebro, el asedio de aquel Madrid “capital de la gloria”, el asalto de Oviedo, el millón de muertos o los cientos de miles de exiliados no fuesen otra cosa que la vulgar lucha cainita entre hermanos, las secuelas de un desvarío incontrolable o un simple y trágico error genético. El bien contra el mal. Y como fondo del cuadro la estela que aún sobrecoge hoy a una parte del Partido Popular, esa derechita cobarde, de la que VOX es el auténtico y genuino refugio ideal. 

Hay otras lecciones no despreciables que sugiere la lectura de este diccionario como el cinismo de quienes se acostaron una noche con la camisa azul puesta y se levantaron desnudos al día siguiente henchidos de fervor democrático. A fuer de ser injustos, hasta Adolfo Suárez, que era el secretario general del partido único creado por Franco, el Movimiento Nacional, se sintió obligado a darles un corte de mangas a las irreductibles viejas glorias -incluido el impetuoso y olvidadizo Manuel Fraga Iribarne- y así el de Cebreros figura hoy en el frontispicio de la Transición con un reconocimiento general a pesar de que el periodista asturiano Gregorio Morán le dio leva hasta cansarse en su magnífico libro titulado “Historia de una ambición”.



      Portada del libro de Vázquez Montalbán publicado en el año 1977


UNA CIUDAD VENCIDA 

DE UN PAÍS OCUPADO

Al principio del diccionario, Manolo Vázquez Montalbán resumía sus orígenes con estas palabras: “hombre nacido en un barrio de supervivientes, ubicado en una ciudad vencida, capital de un país ocupado”, pero su biografía en modo alguno podría reducirse a tan breves líneas. El joven periodista que era Montalbán en el año 1962 le permitió vivir intensamente las huelgas mineras de Asturias, considerada como la primera gran movilización obrera contra el franquismo tras la guerra y que en Barcelona provocó una revuelta estudiantil en la que participaron un centenar de jóvenes que gritaban: ¡muera Franco!, ¡Asturias, sí! y ¡huelga general! Buena parte de aquellos rebeldes fueron detenidos y trasladados a la cárcel Modelo de Madrid, donde algunos, entre ellos Vázquez Montalbán, fueron torturados por la Brigada Político Social. En el juicio al que fue sometido posteriormente le acusaron de ser un “un elemento de extrema izquierda, rozando el filocomunismo” (él militaba entonces en el Frente de Liberación Popular, el FELIPE). Le cayó una condena de tres años de cárcel, de los que cumplió 18 meses en la prisión de Lleida, siendo finalmente indultado por la muerte del papa Juan XXIII. Salió en libertad en octubre de 1963. Durante aquel tiempo en la prisión escribió su Informe sobre la información, un texto que años después fue obligatorio en las Facultades de Periodismo y que a mí me tocó   estudiar en la Facultad de Lejona, en Bilbao, por entonces una delegación en el Pais Vasco de la de Bellaterra.

 

(1)      En el año 2019, con el espíritu del cadáver de Franco revoloteando aún por el Valle de los Caídos, la editorial Anagrama publicó una nueva edición del “Diccionario político del franquismo”, prologada por el filósofo Josep Ramoneda.

 

jueves, 14 de julio de 2022

 COSAS DE FAMILIA


HOY SE CUMPLEN 73 AÑOS DE LA GRAN TRAGEDIA MINERA 

EN EL POZO MARÍA LUISA

  Pozo María Luisa (Langreo) 


Por PEDRO ALBERTO MARCOS

Poco antes de las siete de la tarde del 14 de julio de 1949 un accidente en el pozo Maria Luisa (Ciaño de Santa Ana-Langreo), perteneciente a la empresa Duro Felguera y situado en la cuenca minera asturiana del Nalón, provocó la muerte de 17 trabajadores, el mayor tenía 49 años y el menor tan solo 16. 

Los nombres de los fallecidos eran Julio Arizabalaga Antuña, 49 años; Graciano Montes Ardura, 49 años; José Adolfo Valles Fernández, 42 años; José Santín Sánchez, 41 años; Eugenio Menéndez García, 39 años; Manuel Tresguerres Suárez, 35 años; José Torre González, 24 años; Manuel Suárez Suárez, 24 años; Manuel Iglesias Montes, 24 años; Amador Campal Alonso, 23 años; Amalio Fernández Montes, 23 años; Fructuoso Aspírez Gómez, 23 años; Anselmo García Vallina, 22 años; Francisco Carballo Fernández, 22 años; José Rodríguez González 19 años; José Manuel González Bernardo, 18 años y Ángel Paulino Suárez Nava, 16 años. 

El grisú fue la causa del accidente ocurrido a 200 metros de profundidad. Pasadas las seis de la tarde de aquel fatídico día, un barrenista recibió la orden de preparar el disparo de dinamita entre las capas “Vieja” y “Carbonera”, lo que provocó la explosión del grisú acumulado en las galerías y el derrumbe parcial de las mismas. Los mineros más jóvenes se encontraban en el taller de la galería y fueron las primeras víctimas al morir abrasados. Durante las primeras horas se rescataron los cadáveres de nueve mineros, mientras que otros siete resultaban con quemaduras muy graves lo que obligó a su ingreso en el Sanatorio Adaro, en Sama. 

A los nombres y las edades de las víctimas se añadió otro aspecto igualmente estremecedor: el accidente dejó 22 huérfanos.  

 

    Rosalino Vallina con su hijo Rosal en brazos


FALLECIDOS Y SUPERVIVIENTES

El destino tiene numerosos rostros y circunstancias. Uno de los pocos supervivientes de aquella hecatombe fue Rosalino Vallina García (1920-2003), que tenía entonces 29 años y la categoría de picador, quien además de vecino nuestro de La Llave, Güeria de Carrocera, estaba casado con Hortensia, una prima segunda de mi padre, de apellido Castro como él, heredado por sus hijos Rosal y Francisco. 

Poco antes del accidente, el grupo del relevo de las 10 de la mañana, al que pertenecía Rosalino, estaba a punto de terminar su jornada de trabajo en la tercera planta del pozo minero cuando la explosión del grisú le provocó quemaduras muy graves: “Me salvé porque la explosión me pilló de espaldas, colocando una mamposta. Aproveché que se había ido la luz para realizar esa maniobra que acabó salvándome la vida pese a que tenía quemaduras en la espalda, brazos, y parte de la cabeza y la cara. Afortunadamente me encontró un vigilante porque la lámpara de mi casco permaneció encendida pese a estar cubierto por el carbón”


EL DUELO Y LA SOLIDARIDAD


Los entierros de los mineros fallecidos provocaron las habituales manifestaciones de duelo y solidaridad en la cultura minera. Una gran manifestación acompañó al día siguiente, 15 de julio, el entierro de los dos primeros cuerpos recuperados vecinos de Langreo; una segunda comitiva con cinco féretros se dirigió al vecino concejo de San Martin y ya en La Oscura se separaron, tres fueron inhumados en el cementerio de El Entrego, mientras que los dos restantes se dirigieron a la Güeria de Carrocera valle en el que residían. Aún quedaban entonces por rescatarse otros seis cadáveres, al tiempo que fallecían dos de los mineros sacados con vida del pozo pero que habían resultado gravemente heridos.



 
     
La prensa del Movimiento se hizo eco del accidente minero, y los principales responsables políticos franquistas, excepto el entonces ministro de Trabajo, el falangista José Antonio Girón.

 

OTRAS REPERCUSIONES 

El trágico accidente en el pozo “María Luisa” tuvo además otras derivas, sobre todo de carácter musical: utilizando la música del tradicional “Santa Bárbara bendita” pero cambiando la letra, el relato del accidente ocurrido en 1949 acabó convirtiéndose en un himno de muchas luchas mineras con repercusión nacional e internacional.  

Según el historiador Ernesto Burgos, a los cambios en la letra dedicada originalmente a la patrona de los mineros se añadieron dos estrofas más de carácter crítico hacia la dictadura que desde 1939 gobernaba España: “en una se maldecía a los esquiroles, capataces e ingenieros -todos en el mismo paquete- y la otra decía así: 

Franco dijo a los mineros/

hay que picar más carbón/l

los mineros respondieron/

pícalo tú, so cabrón”.

Entre los muchos interpretes que han cantado este himno o que  adaptaron la letra a sus gustos (Traigo la camisa rota, en la mina el Tarancón, Maruxina, etc), destacan la grabación realizada en 1963 por Chicho Sánchez Ferlosio (publicada en un disco editado en Suecia, "Canciones de la nueva resistencia española"), de agrupaciones como el Coro Minero de Turón o el Coro Santiaguín, solistas como Víctor Manuel, Rosa María Lobo, Vicente Díaz, Nacho Vegas, Marisa Valle Roso, dúos como Nuberu, y un buen número de interpretes más en el que se incluyen muchos cantantes de tonada asturiana, desde El Che de Cabaños hasta Silvino Argüelles, pasando por otros como El Tordín de Frieres, Tarín de Sotrondio o Fidel Díaz.

No deja de ser curioso por otra parte que el conocimiento de Asturias, sobre todo para gran parte del movimiento obrero internacional, se vinculase durante decenios a dos hechos nacidos y/o desarrollados sobre todo por mineros de las cuencas:

Primero fue la Huelga General Revolucionaria de octubre de 1934, “La Comuna asturiana” según Albert Camus, escritor nacido en la entonces Argelia francesa, y coautor y director de una obra de teatro radiofónico en la que los cíclopes (los mineros con casco y un foco de luz en su cabeza) salían de las entrañas de la tierra para asaltar el cielo; y luego el ya comentado drama de un derrabe provocado por la explosión de grisú en el pozo Maria Luisa, mina inaugurada en 1858 por la compañía Unión Hullera de Santa Ana, con dinero francés. Camus glosó la épica de los ciclopes y el dinero de capital francés fue la antesala de unos hechos que acabarían convirtiendo una canción dedicada a Santa Bárbara en el himno de los mineros. 



        Dibujo del pozo María Luisa realizado por el artista asturiano Alfonso Zapico

NACIMIENTO, DESPEDIDA Y CIERRE DE UN POZO MINERO QUE HIZO HISTORIA

Sobre los orígenes y el final de esta explotación minera situada a la entrada de la localidad de Ciaño (Langreo), el profesor e investigador Faustino Suárez Antuña recuerda que fue a mediados de la década de 1910 cuando la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera, plenamente asentada ya en el negocio hullero, "decide afrontar la apertura de tres pozos verticales de extracción al lado de otras explotaciones mineras de montaña". El primer pozo en ponerse en marcha será "el Fondón, seguido del Sotón, y el tercero había de ser María Luisa". Sin embargo, en 1918, la compañía anuncia el aplazamiento de la instalación y apertura del pozo María Luisa "hasta que las circunstancias sean más favorables y se logre el aumento de población obrera". Añade Faustino Suárez Antuña que "fuese por el fin de la guerra en Europa y la crisis permanente que se instalará en las décadas siguientes, sea también por causas más complejas, lo cierto es que María Luisa no se terminará hasta el año 1943". 

En 1967, junto con el resto de la rama minera de la Duro, el pozo María Luisa pasaría a manos de la empresa estatal HUNOSA, finalizando su actividad extractiva en el año 2016.

Cuando hoy se cumplen 73 años de aquella tragedia que ensombreció una vez más a las cuencas mineras aún sigue el eco de su recuerdo en forma fotos y textos, pero sobre todo de un himno doliente y rebelde, también evocador de un tiempo imborrable. Hay memoria.

miércoles, 6 de julio de 2022

 COSAS DE FAMILIA 


RAFFAELLA CARRÁ,

UN AÑO  

DESPUÉS




 

Por PEDRO ALBERTO MARCOS


Raffaella María Roberta Pelloni, de nombre  artístico Raffaella Carrà, con apellido que adoptó en memoria del que fue uno de los pintores y escultores italianos más importantes del siglo XX, Carlo Carrà, falleció en 2021 a los 78 años y ocurrió entonces que durante unas horas e incluso días todo fue un torbellino de recuerdos en torno a su nombre que, más allá de la posible nostalgia, bien puede decirse que hicieron más agradables las vidas de muchas personas. Era una estrella del espectáculo que cantaba, bailaba, hacía entrevistas, dirigía concursos, y que caía muy bien a millones de españoles, italianos, griegos, sudamericanos, etc, aunque antes de seguir he de confesarles un secreto: en nuestra familia, a Raffaella la conocíamos simplemente como Rafaela, sin tanta efe y ele, pues el nivel de confianza con el que hablábamos de sus historias no admitía límites. Es verdad que a tenor de lo que pudo leerse, verse y escucharse tras su muerte el 5 de julio de 2021, esa confianza era ampliamente compartida por muchas otras familias, pero permítanme que defienda como se merece la singularidad del vínculo que unía a la nuestra, a los Marcos Lucas, y muy especialmente a mi madre, Bea, con una mujer tan guapa, simpática y elegante como “nuestra Rafaela”. 

Tal como reconocen ahora hasta los más irreductibles, esta italiana nacida en Bolonia nos ayudó desde su libertad, no solo a comprender que la vida merece afrontarse con alegría, sino también a aceptar qué significaban cuestiones como la liberación sexual, el amor libre, el adulterio, la homosexualidad masculina, la masturbación femenina, y -¡oh dioses del Olimpo!- aquella bendita clase obrera que Raffaella reivindicaba con las palabras y con su voto de izquierdas al comunismo de Enrico Berlinguer en la Italia de finales del siglo XX, pese a ser plenamente consciente de que los herederos de la famélica legión posiblemente no llegarían nunca a alcanzar el paraíso. 

¿En qué momento, cómo y porqué entró Raffaella en nuestra casa, la de los Marcos Lucas, convirtiéndose en esa persona cercana y familiar, que ha estado acompañándonos en todo momento, incluso ahora, que se cumplen doce meses de su muerte?  Situémonos 31 años atrás, al principio de la década de los 90, cuando aún las televisiones privadas daban los primeros balbuceos en nuestro país y TVE era La Primera, no solo por el nombre sino en la realidad de las audiencias. La Raffaella Carrá artista había llegado por entonces a nuestro país huyendo de la tontuna reaccionaria del Vaticano que con Juan Pablo II alcanzaría todo su esplendor en la década de los 80 (1). Su aparición en la RAI, la cadena de televisión pública italiana, mostrando mientras cantaba y bailaba el ombligo, había provocado la irritación de la curia, así que decidió largarse de allí y disfrutar de una España que aún estaba dejando atrás la dictadura, pero que era ya mucho más abierta y liberal en las costumbres de lo que sus propios beneficiarios reconocían. 




¡HOLA RAFFAELLA!

La cantante italiana triunfó plenamente aquí gracias a sus programas en TVE, alcanzando el cenit con “La hora de Raffaella”, en el que además de realizar entrevistas marcaba un número de teléfono al azar y la persona que recibía la llamada en su casa tenía que contestar “Hola, Rafaela”, llevándose así un importante premio en metálico. Llegados a este punto, les dibujo la siguiente escena:

Asturias, territorio bordeado por el Atlántico norte.  21,30 horas. Temperatura de ambiente agradable, aunque aquella tarde el nordeste se había dejado notar. Vivienda de alquiler en la calle Uría, en Gijón. Llego del trabajo y como Ana aún no había regresado de sus asuntos me dispongo a hacer la cena, si bien antes y por costumbre inveterada enciendo el televisor del que solo puedo escuchar el sonido pues la cocina me obliga a estar de espaldas a la pantalla. Mientras estoy en la tarea y comienza el programa de Raffaella Carrà -como aun no había confianza con la italiana mantengo su nombre artístico-, al tiempo que me entretengo pensando que mañana por fin llegará el fin de semana para ir a pescar al pedreru. Tontunas de periodista ocioso, me dijeron una vez. En esas estaba cuando escucho a Raffaella anunciar su concurso de llamada telefónica. ¿Harán trampa? Siempre comentamos esas cosas en la tertulia del bar, pero ahora prefiero centrarme en batir los huevos para la tortilla de patatas. De pronto, como si algo extraño hubiese invadido el piso, creo entender que Raffaela acaba de anunciar que “Nos vamos a la casa de la familia Marcos Castro… en Asturias”. Me vuelvo incrédulo hacia el televisor y durante unos segundos dudo si habré entendido bien: familia Marcos Castro. ¡Hostia! Marcos Castro solo conocía a tres: mis tíos Senén y Juan y su hermano que era mi padre, Emilio, ya fallecido por entonces, pero que seguía figurando en el listín telefónico. Mientras se escuchaba el riiiiiing, riiiiiing de la llamada Raffaella repite los apellidos y añade: “Vamos a ver si alguien contesta de la familia Marcos Castro de… (duda mientras lee en la tarjeta)… de El Entrego”. Aparto la sartén con las patatas y la cebolla y me siento frente al televisor. Vuelve a oírse la llamada, posiblemente era ya la última vez, pero por fin alguien descuelga el teléfono:

- ¿Quién ye…?- 

¡Ay dios! La voz me resultaba totalmente reconocible. Bea, mi madre, aunque de origen extremeño llevaba viviendo en Asturias desde los 21 años y hablaba ya como cualquier nativa de la cuenca minera, versión güeriata. Hay unos segundos de suspense que se me hacen eternos hasta que la cámara vuelve a mostrar un primer plano de Raffaella:

    - ¡Ooooh, qué pena para la casa de la familia Marcos Castro de… (duda otra vez)… de El Entrego. No ha contestado ¡Hola Raffaella! Y ha perdido su premio que era de ¡50.000 pesetas!... Ooooh!-

Trago saliva porque no acabo de creerme lo que estoy viendo y oyendo. ¿De verdad era mi madre? ¿Había llamado Raffaella, la del concurso de la tele, a nuestra casa familiar? Pero pronto se disiparán todas las dudas con la conversación que siguió. Habla Bea, con tono compungido como tratando de recuperarse del golpe.

    - ¡Ay Rafaela, fía, ye que tengo la Primera estropiá y claro, estaba viendo la segunda cadena… ¿cómo iba yo a saber que yeres tú, muyer?-

    - ¡Ooooh!... Cuanto lo siento señora de la familia Marcos…, ha perdido usted ¡50.000 pesetas!-

    - Mira Rafaela, escucha, si yo siempre siempre te veo, fía, porque gústame mucho el tu programa y tamién como cantes y eso. Pero no sé, algo pasó porque ya te digo, estropiose la Primera y nun pude contestate, muyer…, yo que sabía-



Soy incapaz de recordar cuanto tiempo pasé sentado frente al televisor cuya pantalla ya era solo sombras. Todo parecía una especie de sueño incomprensible e inaudito. ¿Entre tantos millones de teléfonos de toda España habían elegido el de mi madre? Y encima cuando la llaman no sabe que es el concurso porque La Primera cadena está estropeada y en la Güeria ese días tenían que conformarse con La 2. Qué desastre. Cuando por fin Ana llegó a casa aún no me había recuperado del impacto y se asustó.

    - ¿Pero qué te pasa?-

Ella asegura que cuando entró en nuestro piso me encontró sentado, inmóvil, pálido, con el rodillo de la cocina sobre el hombro y que simplemente apuntaba con la mano al televisor repitiendo monocorde “Mi madre… Raffaella…Mi madre…Raffaela” Y que luego volviéndome hacia ella le solté una sentencia lapidaria: “No te vas a creer lo que acaba de pasar”. Pero no sé si será cierto porque aquellos momentos acabaron sumidos en una nebulosa. 

Como era un tiempo sin teléfonos móviles y aún no teníamos uno fijo en el piso, decidimos bajar a la cabina más próxima para llamar a Bea y tratar de animarla. Más de una hora después de la catástrofe su teléfono seguía comunicando, aunque ya estábamos seguros de una cosa, que no era  Raffaella quien la estaba llamando. La espera  en la cabina fue un calvario y cuando por fin conseguimos hablar con ella comprendimos que mi madre estaba completamente desolada: las vecinas, la familia de Madrid, la de Gijón, las amigas, todo el mundo era consciente de lo ocurrido y no hacían otra cosa que llamar por teléfono para darle ánimos. Cuando por fin conseguimos hablar con ella Ana trató de desviar la cuestión diciéndole:

       -  Venga, Bea, mañana es viernes, así que compra el cupón de los ciegos que seguro que te toca y te olvidas de lo que pasó hoy con el concurso.

Nunca debió darle ese consejo. Nunca. El panadero que subía todos los días con una furgoneta vendía el pan, sí, pero también lotería, el cupón de los viernes y lo que se terciase; lamentablemente, como mi madre aún no se había recuperado del golpe de la noche anterior ni siquiera bajó aquel viernes a comprar el pan: no quería encontrarse con las vecinas y repetir los lamentos que la habían dejado en vela toda la noche. Así que se quedó sin pan y sin el cupón de los ciegos. Y resulta ¡que tocó!, que el cuponazo regó de dinero aquel viernes al pueblo de El Entrego y al pequeño valle de La Güeria de Carrocera. Cuando Bea conoció la noticia su abatimiento fue total y absoluto. ¡El jueves la inesperada llamada de Raffaella y el viernes por el cupón de los ciegos que pasó volando!

De aquellos días tan desgraciados solo quedó una certeza: la historia entre la cantante italiana y Bea revoloteando permanentemente sobre la casa, en las conversaciones familiares, de tal modo y manera que nuestra Rafaela quedó unida para siempre al teléfono, a las averías de la Primera cadena, a las 50.000 pesetas perdidas y a la familia Marcos. Incluso ahora, pasado un año ya desde que nos dijo adiós. 



 

(1) La etapa de apertura de la Iglesia Católica a las nuevas corrientes sociales, iniciada por Juan XXIII a finales de los años cincuenta tuvo su continuidad con Pablo VI en 1963, pero finalizó con la prematura muerte de Juan Pablo I en 1978 y sobre todo con la irrupción del Papa polaco, Juan Pablo II. 


viernes, 6 de mayo de 2022

 Memoria Democrática

 

VICENTE GUTIÉRREZ SOLÍS, 

EL COMUNISTA QUE NO ERA HIJO DE STALIN

Por Pedro Alberto Marcos

 



“Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones. Me gusta la gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad”

(Mario Benedetti en “La gente que me gusta”)

 

La célula comunista a la que pertenecía tuvo aquella tarde un orden del día normal, casi diríase que aburrido: análisis de la situación política, directrices y recomendaciones llegadas “desde arriba” y posibles nuevos afiliados. Éramos ocho en la reunión y, como casi siempre, solo habló el responsable, quien finalizó su discurso con un anuncio:

-La próxima vez vendrá un camarada de la dirección. Lógicamente, no puedo deciros quién es, pero sí que va a trasladarnos un mensaje muy importante. ¿Alguna pregunta? -

Silencio, miradas cómplices y alguna sonrisa de difícil interpretación. Así pues, nadie preguntó de quien se trataba, pero mi imaginación echó a volar. ¿Alguien que regresaba secretamente del exilio? ¿que había estado en la cárcel? ¿que había vivido clandestinamente por casas y montes? La cultura comunista, por mor de la clandestinidad, solía moverse entre ese tipo de misterios que, he de confesarlo, a muchos jóvenes de entonces nos resultaban provocadores y también atractivos. 

“El camarada de la dirección” resultó que se llamaba Vicente G. Solís y el día que le conocí me dejó impresionado por muchas razones, era un tipo grande y elegante en el porte pero sobre todo me sorprendió su rostro. El grito surgió espontáneo igual que el codazo que le di a quien estaba sentado a mi lado:

-¡Meca! Si parez el fiu de Stalin- 

No daba crédito, con aquel bigote convertido en mostacho y el peinado hacia atrás, “el camarada de la dirección” parecía sacado de un tiempo en blanco y negro. Así fue como la palabra “Stalin” salió ahogada de mi garganta, casi temerosa, algo que no dejó de sorprenderme pues ya por entonces presumíamos de ver a los comunistas de la URSS bajo la humillante bota de la burocracia. Lo cierto es que estaba hablando de Iósif Stalin, del “padrecito” de la Revolución Soviética, de un mito rebosante de historias contradictorias, casi telúricas al proceder de la patria del proletariado, de la tierra prometida para los parias de la tierra, y también un señor que había muerto hacía ya mucho tiempo, exactamente cuando yo tenía tan solo un año de vida. 

Aquella sorpresa no empañó para nada la satisfacción de haber conocido por fin a un dirigente del partido del que tanto me habían hablado. Y es que a mí aquellas cosas me impresionaban mucho y cada vez que conocía a un clandestino como Vicente se repetían las mismas sensaciones. Reuniones secretas, huelgas y manifestaciones eran la parte inicial de un guion que acababa por lo general en detenciones, golpes y cárceles, pasando en muchas otras ocasiones por la pérdida de los puestos de trabajo, el destierro o incluso el exilio. Hablo de los años duros que, por ejemplo, vivieron las cuencas mineras asturianas desde finales de los años cincuenta del pasado siglo XX y sobre todo durante buena parte de los sesenta. Vicente, como otros, pagó caro entonces su compromiso político. Vayamos por partes.

La clandestinidad aún obligaba por entonces a mantener una cultura que los comunistas llevaban marcada a sangre y fuego, nacida prácticamente desde sus orígenes, allá por el año 1921, cuando el PCE había sido legal tan solo durante dos años, y luego en 1931, con la segunda República, otros ocho. Mucho tiempo después, superada formalmente la dictadura franquista, el partido consiguió en 1977 la nueva legalización. Así pues, de 56 años de existencia, 46 había sido una organización ilegal y por tanto perseguida. 

-Los comunistes casi siempre yéramos ilegales y llevando hosties ¿crees que eso nun pasa factura? – Sentenció Chus Pesetes, nuestro vecino de la Güeria de Carrocera que trabajaba con mi padre en el pozo Sotón y le pasaba el “Mundo Obrero” en la lampistería.

En realidad ¿Cuál era el estilo de aquellos cuadros militantes como Vicente G. Solis? Benigno Delmiro Coto (1), buen amigo desde que coincidimos en la asociación cultural “La Amistad” de El Entrego y luego en el PCE, lo resume con estas palabras:

-“Yo empecé a tener referencias de ellos de forma veladas ya desde niño, no en vano mi padre era barrenista del pozo María Luisa y participó en todo lo que se movilizaba desde el primer encierro de 1957. Se soslayaban sus nombres o apodos y eran respetados y admirados tanto por su arrojo como por su compañerismo. Sobraban las palabras y bastaban sus gestos en la casa de aseo para saber a qué atenerse”-

Siguiendo el hilo de ese “sobraban las palabras” que remiten, por ejemplo, a las llamadas “huelgas del silencio” de la minería asturiana durante la dictadura, cabe preguntarse cuándo y cómo comenzaron a instalarse los mitos en nuestras mentes. El ambiente cotidiano en una familia de clase obrera, de rojos, nos ayudaba desde niños a construir personajes que gozaban de cualidades asombrosas. La radio y sobre todo el cine, contribuían notablemente a desarrollar esa capacidad imaginativa, pero también los libros, ya fuesen “Viaje al centro de la tierra” o “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne o el maravilloso “Guillermo hace de las suyas” escrito por Richmal Crompton. Luego estaban los misterios, lo nunca explicado: nuestro pariente Pepe Mata, primero había sido guerrillero socialista, luego fugau en el monte, y finalmente carne de exilio en Francia, al igual que Lolo y José María Marcos, los hermanos republicanos de mi padre, y el más pequeño, Armandín, que fue “niño de la guerra” y que nunca regresó a Asturias. De una u otra forma todos ellos fueron pequeños héroes que la historia se llevó por delante y ni tan siquiera las palabras fueron su refugio.

Vuelvo a Vicente y también a otros nombres de aquel tiempo de silencio: Herminio Serrano, Faustino Sánchez, Pichi, Nevado, Anita Sirgo, Tres Guerres, Paulino el de Tudela Veguín, y por supuesto a Horacio F. Inguanzo, el Paisano. Ciertamente, clandestinidades y mitos jugaban en un mismo terreno, fortaleciendo misterios y temores que inevitablemente alimentaban nuestra imaginación. Cuando había huelgas en las minas el enorme aparato de radio que reinaba en nuestra casa pasaba de la cocina a la habitación matrimonial, y allí, arrebujado entre mis padres, escuchábamos los tres Radio España Independiente, la mítica “Radio Pirenaica” (2) en la que a veces hablaba Dolores, la Pasionaria, arengando a los mineros. ¿Cómo no estremecerse ante tantos recuerdos que habían conformado nuestra infancia?

Después del día de autos en el que conocí al que parecía hijo de Stalin y dada la ya mentada agitación en la que vivíamos, mis encuentros con el camarada Vicente fueron a más, sobre todo cuando coincidimos ambos en la dirección del PCE en Asturias y él, siempre solidario, con el fin de que yo pudiese ahorrar algo de dinero, me llevaba a las reuniones en su coche. Estábamos los dos en el secretariado del partido pero había notables diferencias, y no solo por la edad, la experiencia, los años de militancia, etc, sino también por su instinto político y la cultura de dirigente obrero represaliado, en la que ya no imperaba el lenguaje militarista que utilizó el PCE tras el triunfo del nacionalcatolicismo en la guerra, pero sí el sentido especial de algunas palabras, por ejemplo, la entonación con la que decía “camarada”, o con la que te daba o quitaba razones utilizando el “precisamente…”; también porque su sola presencia obligaba a recordar los peligros que aún acechaban entonces, un tiempo que no era ni mucho menos de vino y rosas. La experiencia de ser ilegal, clandestino, subversivo y rebelde acarreaba todo tipo de incertidumbres, pero en activistas como Vicente la esperanza se situaba siempre por encima del sufrimiento.



En ese contexto no es de extrañar que, llegado el momento de pedir el ingreso como militante en el PCE, la bienvenida fuese acompañada de advertencias, tal como recuerda Benigno Delmiro, quien entró en el partido en el otoño de 1973. Vicente G. Solís era por entonces el responsable político de los comunistas en el Valle del Nalón y por tanto le correspondía a él dar las primeras instrucciones a los nuevos militantes clandestinos sobre el funcionamiento orgánico del partido, sus futuros contactos dentro de la organización y la entrega de un folleto titulado “El comportamiento de los comunistas ante la policía”, un manual de instrucciones que según Benigno “indicaba cómo afrontar los interrogatorios y las torturas que con probabilidad habría que sufrir y que ponían los pelos de punta”.

Llegaron luego tiempos vertiginosos, sobre todo tras la muerte del dictador en una cama de hospital. Aunque hoy no se recuerde, o carezca de importancia para los analistas, entre el adiós de Franco en 1975 hasta que se aprobó por votación la Constitución democrática en 1978 tan solo pasaron tres años que guste o no guste acabaron marcando el futuro. Tres años, tres. En ese breve lapso de tiempo los clandestinos pasaron a ser legales e incluso entraron en las instituciones, pero la llegada de la democracia trastocó todo. El PCE se hundió electoral y políticamente, y sin embargo personas como Vicente mantuvieron el tipo, trabajaron para su partido en los ayuntamientos y luego hicieron el camino de regreso, encontrando en las asociaciones de vecinos nuevos motivos para seguir luchando. Durante un tiempo le perdí la pista, hasta que en el año 2013 nos reencontramos en la Fiesta de la Cultura, en Gijón. Llevaba boina y ya no se parecía tanto a Stalin. Le noté resentido con la historia, no tanto la suya en particular como la que había sepultado tantos esfuerzos de los comunistas españoles por conseguir la libertad. En el 2019 me envió un aviso: inauguraba en Sama de Langreo una exposición de objetos personales relacionados con la militancia comunista clandestina con el título “Que no caigan en el olvido” y me comprometí a visitarla y apoyarla. Acudí en compañía de mi compadre y colega Roberto Pato y de Luis Campello, amigo desde los años sesenta y compañero de viaje en tantas aventuras, y a Vicente le vi feliz recordando, reivindicándose legítimamente, con esa tozudez que Benigno Delmiro resume con estas palabras y que hago también mías:

-“Vicente G. Solís viene a demostrar que ha habido y sigue habiendo personas involucradas con los de abajo, con quienes sufren la injusticia económica y social, con los desheredados de la fortuna que necesitan con urgencia que se construya un mundo mejor, más igualitario y que desaparezcan los privilegios de grupo y de clase social”.

Muchas gracias, Vicente, aunque ya no parezcas hijo de Stalin. O también “precisamente” por eso, “camarada”.


      Vicente G. Solís acompañado por el autor de este artículo y por otro veterano                              comunista, Luis Campello, en el año 2019

 

(1) Benigno Delmiro Coto es Catedrático de Lengua y Literatura Española y autor de numerosos libros relaciones con la cultura minera (“Literatura y minas en la España de los siglos XIX y XX”, y “El trabajo en las minas y su presencia en la Literatura”); la música (“Nuberu en el tiempo”); y también de conocidos militantes comunistas como Horacio F. Inguanzo y Faustino Sánchez. Su último trabajo se titula “La rebelión de la cultura en Asturias. Las sociedades culturales frente al franquismo”.

(2) “Radio Pirenaica” era una emisora instalada primero en Rusia y luego en Rumanía pero que el PCE “situaba” justo al lado de la frontera española y francesa en los montes Pirineos, para mostrarles a sus militantes y simpatizantes que el partido “estaba” en condiciones de irrumpir en la España de la dictadura franquista y recuperar la República (de hecho, lo habían intentado en la invasión a través del Valle de Arán en 1944).

 

NOTA.- Artículo de PAM publicado en el libro “Y DESDE ENTONCES YA NO HUBO DOMINGOS. VICENTE GUTIÉRREZ SOLÍS, COMUNISTA Y DEMÓCRATA” de Héctor González Pérez. Editan: Consejería de la Presidencia del Gobierno del Principado y el Instituto de la Memoria Democrática. 

Primera edición: diciembre de 2021